Barcelona, ciudad editorial

En un balcón de la calle del Call 14, de Barcelona, un plafón de cerámica anuncia a todo aquel que tenga el detalle de levantar la vista del suelo o del móvil: «ESTA CASA ALBERGÓ DESDE 1591 A 1670 LA OFICINA TYPOGRAPHICA CORMELLAS SU FACHADA FUE RESTAURADA POR INICIATIVA DEL EXCMO. AYUNTAMIENTO DE BARCELONA EN OCASIÓN DEL 5º CONGRESO NACIONAL DE ARTES GRAFICAS CELEBRADO EN ESTA CIUDAD EN 1956».

Ruta editorial
Placa que recuerda la tipográfica Cormellas, en la calle del Call, 14.

Es tan solo un pequeño reconocimiento, una pista de la importancia que un invento como la imprenta tuvo para Barcelona. Desde que en 1450 Gutenberg editó su primer libro con el sistema de tipos móviles, la imprenta moderna se implantó rápidamente en todo el mundo. Barcelona no quiso quedarse atrás y se subió al tren del progreso. Primero fueron tipógrafos alemanes Nicolau Spindeler y Joan Rosenbach, más tarde, el catalán Pere Miquel y el francés Humbert Gotard. Al morir este último, le sucedió Sebastià de Cormellas, quien fundó un taller instalado durante los siglos XVI y XVII en esa misma casa en la que hoy luce discreto ese plafón. Pero estos eran solo los inicios de una gran aventura, apenas la semilla de lo que acabaría convirtiéndose en un importante sector económico para Barcelona; el punto de partida de esta ruta por el mundo editorial barcelonés.

Lo cierto es que, a pesar de esa apuesta precoz de la ciudad, no fue hasta los siglos XIX y XX cuando el sector de las artes gráficas culminó su gran desarrollo. En torno a este sector florecieron diversas industrias complementarias imprescindibles para la producción no solo de libros sino también de carteles, soportes publicitarios, cromos… Un sector que se hizo cada vez más complejo y en el que la tipografía era esencial. Al imponerse los tipos móviles metálicos, también fue necesaria la implantación de fundiciones especializadas, como la francesa Neufville, establecida en Gràcia desde 1885, o la del austríaco Richar Gans, en el Eixample. Además, desde mediados del siglo XIX, la difusión del libro ilustrado obligó a las editoriales a contactar con dibujantes y diseñadores gráficos, la mayoría formados en la escuela de la Llotja o en la de Ingenieros Industriales. Y así, sin prisa pero sin pausa, el arte se puso al servicio de esta floreciente industria.

A partir de la década de 1850, nacieron en Barcelona diversas editoriales de carácter familiar. La mayoría tenían su origen en los primeros talleres de impresión. A esta época pertenece Gráficas Manén, ubicada en la calle de la Diputació 116, especializada en la producción de carteles, calendarios y teatros recortables, gracias al dominio de las técnicas de troquel; en el número 39 de la misma calle se encontraban los talleres de litografía y offset de Joan Barguñó, un conjunto industrial rehabilitado y destinado a acoger pequeñas empresas; en 1859, Pau Riera instaló una máquina de vapor en su imprenta, ubicada en la calle de Robadors 24-26. Algunos de estos talleres de impresión llegaron a convertirse en enormes complejos empresariales que, dotados de maquinaria de vapor y muy moderna, asumieron todo el proceso gráfico, desde la creación a la producción final. En otros casos, ya nacieron como empresas destinadas a cubrir todo el proceso: en 1860, se fundó  la editorial Espasa y, en 1861, la editorial Montaner i Simón; en 1870 apareció Ramírez-Henrichs; en 1892, Maucci, y en 1899 nació el Instituto Gallach de Librería y Ediciones.

4.000 metros cuadrados y 800 operarios

La editorial Ramírez-Henrichs, fundada en 1870, estaba ubicada en la calle de Còrsega con Diagonal.  Así la describía la Guía de forasteros de 1886:

“Ocupa el edificio de elegante y sólida construcción, en una superficie de 4.000 metros cuadrados. Toda la maquinaria está movida a vapor por dos máquinas que pueden desarrollar fuerza de 120 caballos. El número de máquinas que funcionan en este establecimiento es de 200 que proporcionan trabajo a unos ochocientos operarios”. Ramírez-Henrichs cerró en la década de 1920 y el 2013 se derribó su imponente complejo.

Las numerosas editoriales ubicadas en la ciudad ofrecían una increíble variedad de volúmenes de gran formato, de carácter funcional y económico (enciclopedias, tebeos, libros de arte, textos académicos y escolares, novela, poesía, ensayo…), y revistas técnicas, satíricas, de moda o de información general. Y así fue como la capital catalana se convirtió en el gran centro de difusión de la cultura impresa dirigida al público catalán, al del resto del Estado español y también al americano de habla hispana.

Eixample Esquerre, distrito editorial

Casi todas las editoriales barcelonesas fundadas hasta mediados del siglo XIX se aglutinaron en el centro de la ciudad, en especial, en la calle de la Llibreteria. A partir de la segunda mitad del siglo, muchas de ellas se trasladaron al Eixample –en torno a la plaza de Catalunya y la plaza Universitat-, y ya en el siglo XX, muchas volvieron a trasladarse al Eixample Dret y Esquerre, y en menor medida, a Gràcia.

Así fue como durante el primer tercio del siglo XX, el Esquerre de l’Eixample se constituyó como un auténtico distrito editorial, que se vio implementado por un conglomerado de industrias complementarias. A mediados del siglo XX, el sector editorial creció de manera extraordinaria. Editoriales y empresas de artes gráficas se mantuvieron en el Eixample barcelonés y áreas cercanas, de manera que el emplazamiento urbano facilitaba el contacto entre redactores y colaboradores que, tras su jornada laboral, se reunían en cafés y bares de la zona, donde tenían lugar auténticas tertulias literarias. Entre las editoriales fundadas a partir de los años 40 destacan Destino (1940), Janés (1940, y a partir de 1959, Plaza & Janés), Ariel (1942) y Planeta (1949).

A partir de la segunda mitad de la década de los 40 se reemprendieron tímidamente las ediciones en catalán, con la aparición en 1946 de la editorial Selecta. El ejemplo de Selecta fue seguido por una numerosa lista de editoriales que publicaban en catalán, como Aymà (1944), Albertí (1954), Grup 62 (1962), Pòrtic y Enciclopèdia Catalana (1965). Y a partir de la década de 1950 se extendieron por gran parte de la ciudad, hasta llegar a les Corts, Sarrià, Sant Gervasi y el Poblenou. Sin embargo, y pese a su expansión urbana, el Eixample se constituyó como el auténtico distrito editorial y de artes gráficas de la ciudad hasta finales del siglo XX.

Durante la década de 1960, coincidiendo con la expansión económica, algunas grandes editoriales –Salvat, Planeta u Océano—evolucionaron hasta convertirse en fábricas de libros de gran formanto, editados en fascículos y vendidos a plazos. A partir de 1970 se consolidaron como grandes productores de libros de texto las editoriales Casals, Teide, Vicens Vives, y más adelante, Barcanova, con clientela en todo el Estado.

A finales del siglo XX, se produjo una importante reestructuración del sector que derivaría en la desaparición de editoriales de largo recorrido –Labor, Sopena…- mientras otras, como Regina, se verían forzadas a dejar la ciudad. Paralelamente, aparecieron grandes grupos editoriales que, como Grupo Planeta, absorbieron diversas editoriales que conservan su sello. Fue importante también la entrada de grupos editoriales y de comunicación extranjeros como Mondadori o Pengin Random House, del Grupo Bertelsmann, el primero de Europa y tercero a escala mundial, que runió 11 editoriales barcelonesas.

Tesoro patrimonial y arquitectónico

En los últimos años, el sector editorial ha sufrido un fuerte revés. La competencia con las tecnologías de la comunicación y la edición han supuesto la desaparición de buen número de editoriales, en especial, las dedicadas a enciclopedias y libros de gran formato. Pero también hemos asistido a la implantación de otras empresas de iniciativa local, pequeñas editoriales que han ayudado y siguen luchando por mantener vivo este tradicional sector económico barcelonés. Un sector que ha dejado su huella física y constituyen una parte importante del patrimonio industrial de la ciudad.

Interiores de manzana con mucha letra

Como ya se ha comentado, durante el primer tercio del siglo XX el Eixample se convirtió en un verdadero distrito editorial, reforzado con un conglomerado de industrias complementarias dedicadas a la encuadernación, la impresión, la reproducción litográfica o el fotograbado. Entre los talleres de impresión, destaca la empresa gráfica Riusset. Creada en 1870, se trasladó en 1935 a los bajos de un moderno inmueble de la calle Sepúlveda 88-90, en el barrio de Sant Antoni, obra del arquitecto Santiago Casulleres.

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Riusset fue una de las grandes empresas productoras de cromos, etiquetas y carteles para todo el Estado y en los años 40 incluso imprimió billetes de una peseta. Así se recoge en Documentación y estudios para la Historia del Arte Gráfico, publicación digital editada por Juan Carrete Parrondo:

«…Con el inicio de la Guerra Civil la fabricación de efectos timbrados tendrá, al igual que el país, una organización bicéfala. En la zona nacional las impresiones se realizarán en Burgos (Talleres Hija de Fournier), en Zaragoza, en Vitoria (Hijos de Heraclio Fournier), en Vigo, en Tolosa y en Granada (Imprenta de D. Antonio Amel). En la zona republicana, se harían en Barcelona (Talleres Rieusset ), en Villanova (Imprenta Oliva), en Valencia y en Aspe. Por las condiciones penosas inherentes a una situación bélica, la producción de todos estos efectos bajó de calidad, siendo extraño el uso del procedimiento calcográfico, y más habitual que de costumbre el litográfico. Terminada la guerra era urgente, a pesar de las circunstancias exteriores iniciar la reorganización de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre. Un punto crucial dentro de ésta era conseguir controlar el proceso completo de fabricación de billetes de Banco, ya que hasta entonces se había recurrido a su fabricación en el extranjero. Para conseguir este propósito se dictan los Decretos de 5 de abril de 1940 y 24 de julio de 1941 en ellos se otorga preferencia en la fabricación de los billetes del Banco de España a la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre y se intenta dar solución al problema del abastecimiento de papel de producción nacional, hecho que se conseguirá años más tarde inaugurándose en 1953 la fábrica de papel de Burgos…»

La empresa se trasladó a Santa Perpètua de Mogoda, aunque no totalmete. No, nada queda en el número 88 de la calle Sepúlveda del moderno edificio, salvo dos puertas de entrada que invitan a entrar no se sabe muy bien dónde. A través de dos amplios pasillos de techos altos con vigas y ladrillo a la vista y en penumbra desembocan en un amplio patio de manzana luminoso donde reina la vegetación, el sol y las áreas de juego infantil. En este pequeño oasis urbano del barrio de Sant Antoni, bautizado como «Jardins Tete Montoliu», en homenaje al gran pianista de jazz, aún se conservan parte de las antiguas naves de la empresa y una de las chimeneas.

No es el único interior de manzana que guarda en su interior las huellas del floreciente pasado editorial barcelonés.

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En los jardines de Maria Mercè Marçal, en la calle de Provença 93-97 se hallaba, en el pasado, la editorial Sopena. Muy cerca de la editorial de Gustavo Gili, se instaló este gigante editorial que destacó por su ampla producción de enciclopedias, en un edificio del que solo se han conservado algunos fragmentos de la fachada en el interior de manzana.

Consideradas en su momento como auténticos palacios industriales, también se conservan los edificios de algunas empresas, testimonio arquitectónico de la gran importancia del sector editorial en la Cataluña de los siglos XIX y XX.

Editorial Salvat

Actualmente, del gran complejo de Salvat solo se conservan los dos edificios más destacados: el principal, cuya fachada da a la calle de Mallorca, y el chalet donde vivía el propietario, en la calle Calàbria, caracterizado por una espectacular tribuna semicircular.

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El impresor Manuel Salvat y su cuñado, el editor Espasa, crearon la firma Espasa Hermanos y Salvat, ubicada en un edifico de la Gran Via, entre Aribau y Muntaner, que en poco tiempo adquirió gran reputación. Pero Salvat murió prematuramente por una dolencia (marzo de 1901). Le sucedió su hijo Pau Salvat Espasa, que compatibilizó el negocio editorial con su formación de arquitecto. Así, en marzo de 1912 proyectó una nueva sede en la calle de Mallorca 41, entre Calàbria y Viladomat, un complejo que ocupaba casi una isla del Eixample e incluía oficinas, almacenes, área de expedición de libros y redacción, y una amplia biblioteca además de talleres de impresión, litografía y encuadernación. La nueva sede fue inaugurada en 1916 y fue galardonada por el Ayuntamiento de Barcelona como mejor establecimiento urbano de 1917.

Salvat se convirtió en una de las empresas editoriales del Estado con una enorme actividad exportadora en América Latina. Entre las temáticas destacó por la edición de obras de carácter científico, diccionarios y enciclopedias de gran formato. Entre 1902 y 1921, editó Hojas Selectas, una revista de información general que reunió a prestigiosos autores y dibujantes. A mediados del siglo XX Salvat destacó por la producción de obras de gran formato, como diccionarios, atlas y enciclopedias de temática diversa, que se vendían en los quioscos por fascículos coleccionables. También se hizo famosa por la edición de libros de bolsillo.

En 1970 Salvat llegó a conentrar unos 4.300 trabajadores, entre ellos licenciados y prestigiosos profesores universitarios que dirigían algunas colecciones, pero también a numerosos especialistas en cada una de las diferentes ramas del proceso editorial, con una gama muy completa de productos que hacia final del siglo XX se amplió con la producción de vídeos. En 1988 la editorial Salvat fue adquirida por la francesa Hachette y, desde 1992, forma parte del grupo Hachette Martra, especializada en nuevas tecnologías de la comunicación.

Imprenta Thomas

Al margen de las editoriales, también hubo un importante sector productivo vinculado al mundo de la edición, las imprentas, entre las que destaca la casa Thomas, que tuvo un papel primordial en la renovación del cartelismo modernista. Su fundador, Josep Thomas i Bigas, inició sus actividades comerciales en 1875, junto con el ingeniero industrial y fotograbador Manuel Joarizti Lasarte, cuando aún era estudiante de arquitectura.

La firma  J. Thomas & Cia.  se dedicó a la reproducción de calidad de dibujos, manuscritos, mapas, partituras musicales, postales y estampas, con sede en el número 212 de Gran Via, donde compartía el espacio con otras empresas también vinculadas a las artes gráficas. Disponía de otro local en la calle Canuda, 14, y más adelante se trasladó a la calle Roger de Llúria 144, pero el crecimiento de la empresa convenció a Thomas de la necesidad de disponer de un edificio propio.

Ruta editorial por Barcelona
Fachada de la imprenta Thomas.

Encargó el proyecto a Lluís Domènech i Montaner, que entre 1895 y 1898 levantó un edificio en medio del Eixample Dret, en la calle Mallorca 291-293. Inicialmente disponía de subterráneo, planta baja y entresuelo, espacios destinados a los talleres de impresión y fototipia, mientras el piso superior se reservó como residencia del propietario. Fiel a su estilo modernista de carácter negogótico, Domènech i Montaner concibió un impresionante conjunto arquitectónico caracterizado por una fachada de gran riqueza ornamental, con elementos florales, vidrieras y cerámica vidriada. La magnífica reja de hierro forjado de la planta baja y las seis columnas jónicas del piso superior le proporcionan una imagen monumental, mientras que el interior sorprende por el uso decorativo de los mosaicos, la carpintería, con la finalidad de proporcionar una planta diáfana. En el patio interior se alza la chimenea, elemento sustancial del primer sistema adoptado para mover la maquinaria de los talleres, el vapor, que en la década de los años 20 sería sustituido por la energía eléctrica.

La empresa, denominada Hijos de J. Thomas al tomar el relevo sus hijos, Josep y Eudald Thomas i Corrons, conservó su carácter familiar hasta los años 40 y se mantuvo activa hasta la década de los 60. El edifico fue rehabilitado en 1980 y actualmente acoge una gran tienda de mobiliario.

Editorial Montaner i Simon

En 1984, el pintor Antoni Tàpies le echó el ojo a un edificio situado en la calle de Aragó 309. Su estado de abandono echaba para atrás, pero el artísta detectó en el unas inmejorables condiciones para acoger un museo dedicado a la conservación de su obra y a la difusión artística. Las obras de adecuación se encargaron a los arquitectos Lluís Domènech i Girbau y Roser Amadó, y después de cuatro años de trabajo, el 5 de junio de 1990 se inauguró la Fundació Tàpies, identificada por la sorprendente y polémica obra del artista que corona el edificio: Núvol i cadira.

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Fachada de la Fundació Tàpies, antiguamente sede de la editorial Montaner i Simon.

Pero el edificio de la Fundació Tàpies tiene un pasado. Un pasado editorial, para ser más exacto, pues sus muros albergaron la editorial Montaner y Simon. Creada en 1861 por Ramon de Montaner y Francesc Simon, esta editorial tuvo antes diversas ubicaciones, hasta que se instaló definitivamente en este punto del Eixample. Lluís Domènech i Montaner, sobrino de uno de los propietarios, proyectó un gran edificio que se inauguró hacia 1882. Quien tuvo, retuvo, y actualmente, aquel edificio, aunque ha pasado por varias modificaciones, aún constituye un increíble ejemplo de la arquitectura fabril de la ciudad. Su interior conserva la estructura de grandes pilares y gran parte de los elementos decorativos: marquetería, escaleras de forja y mobiliario. La fachada, de obra vista, combina elementos de hierro con vidrieras y tiene ciertos rasgos arabizantes. En la parte superior destacan las esculturas de tres gigantes de la literatura universal: Dante, Cervantes y Shakespeare.

La editorial no tardó en disponer de maquinaria muy moderna, capaz de dar trabajo a 240 trabajadores. Su primer gran éxito fue una edición de El Quijote, en 1880, a la que añadió un catálogo de publicaciones de calidad que desde entonces no dejó de incrementarse. Así, el volumen de producción alcanzó cantidades elevadas, ya que también publicó revistas de gran tirada como El salón de la moda (1882-1916) y La ilustración artística (1882-1916), periódico semanal de literatura, artes y ciencias. Montaner i Simon también destacó en la producción de grandes obras, como la Historia general del arte, en ocho tomos, dirigida por Lluís Domènech i Montaner entre 1886 y 1897: la Biblioteca universal ilustrada, como complemento de La ilustración artística; y la Geografía universal, iniciada en 1875.

A principios de los años 20, la empresa pasó a ser dirigida por los herederos de los fundadores: Júlia Montaner de Capmany, Ricard de Capmany y Santiago Simon, a los que posteriormente se incorporó Ramon de Capmany i Montaner. Hacia 1950 se hizo cargo José María González Porto, que durante sus 25 años de gestión, potenció la publicación de diccionarios y enciclopedias, además de obras de divulgación científica, algunas de gran formato. Pocos años después de la muerte de José María González, en 1975, los herederos vendieron la editorial a Talleres Offset Neracan, que cesó su actividad en 1981.

Editorial Seguí

Fundada en 1881 por Miquel Seguí i Riera en Gràcia, en un edificio situado en la esquina de las calles Bonavista y Torrent de l’Olla. Entonces Seguí tenía 23 años que con el tiempo pasó a ser uno de los mejores grabadores sobre metal. Uno de sus trabajos más reconocidos fueron las reproducciónes de dibujos de Fortuny y Goya, además de una serie de aguafuertes que presentó en la Exposición Universal de 1888, celebrada en Barcelona. Su vinculación con las artes gráficas animó a >Seguí a probar fortuna en el campo de la edición, con la publicación de enciclopedias y libros de arte, historia y geografía, siempre con excelentes ilustraciones, además de novelas populares de autores locales y traducciones.

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Fachada del edifició de la Editorial Seguí.

En 1912, Seguí encargó la construcción de una nueva sede al arquitecto Andreu Audet i Puig. El edificio, de estilo vagamente modernista, se levantó en el mismo lugar que el anterior y destaca por la belleza de sus líneas y la decoración floral de la cornisa, que se aproxima al art déco. Juntamente con el desaparecido Casino de l’Arrabassada, es considerada la mejor obra del arquitecto, distinguida el 1912 con el tercer premio del concurso anual de edificios artísticos del Ayuntamiento de Barcelona.

Miquel Seguí murió en 1923 y sus sucesores continuaron con el negocio. Mantuvieron la línea editorial, con obras de gran formato –algunas por fascículos, de venta en kioskos, librerías y tiendas de juguetes–, y novelas por entregas que se anunciaban en prensa hasta finales de la Guerra Civil. Al acabar la guerra, la Editorial Seguí reemprendió la venta por fascículos, previa autorización de la Junta Provincial de Precios, dependiente del Ministerio de Industria y Comercio. Pero, pese a sus esfuerzos, no superó la posguerra y desapareció en 1947. El magnífico edificio que la albergó, sin embargo, ha permanecido en pie hasta nuestros días y actualmente está ocupado por un centro de enseñanza.

Editorial Gustau Gili

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Entrada del edificio que fue sede la editorial Gustau Gili.

A finales del siglo XIX Joan Gili era un pequeño editor especializado en publicaciones religiosas. Su hijo Gustau, aunque durante un tiempo continuó con la temática religiosa, transformó la empresa y la convirtió en una gran editorial. Primero incorporó traducciones de novelas de autores extranjeros –Jack London, Karl May o Edgar Rice Burrougs, el creador de Tarzán—y también publicó obras de autores nacionales como Narcís Oller y Joan Maragall. Pero pronto se especializó en traducción de libros técnicos y, al cabo de un tiempo, emprendió la producción de libros ilustrados, reculls de arte y ediciones de bibliófilo. En 1945, bajo la dirección de la tercera generación, la editorial Gustavo Gili se convirtió en sociedad anónima y amplió la red de delegaciones y sucursales que tenía desde hacía tiempo en América Latina. Tras diversas ubicaciones en el Eixample, en 1961 se instaló en un edificio proyectado por los arquietectos Joaquim Gili i Morros y Francesc Bassó en la calle Roselló que fue galardonado con el premio Foment d’Arts Decoratives, que aún sigue en pie. La cuarta generación de los Gili se centró finalmente en la edición de obras especializadas en arquitectura, urbanismo, arte, diseño, fotografía y comunicación, hasta consolidar uno de los mejores y más extensos catálogos sobre estas materias.

Hermenegild Miralles i Anglès

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Escuela Santa Anna, antigua sede de Hermenegild Miralles.

Hermenegild Miralles i Anglès, empresario, renovador de las artes gráficas, erudito y biliófilo fundó su empresa dedicada a la encuadernación y a los trabajos de relieve con cartón a finales del siglo XIX, con sede en la calle de Bailèn 59 -actualmente acoge la escuela Santa Anna-, donde residió habitualmente, aunque también era propietario de una gran finca en el paseo de Manuel Girona, de la que solo se conserva la puerta de entrada de estilo modernista, obra de Antonio Gaudí. Miralles trabajó para editoriales como Montaner i Simón i también para bibliófilos, con la producción de volúmenes de gran belleza y encuadernaciones artísticas de calidad. Desarrolló procesos productivos nuevos y originales, especialmente vinculados a la imitación del cuero y el uso de cartón piedra para simular baldosas, que protegió con diversas patentes. Muy vinculado con la creación modernista, la empresa llegó a tener más de 300 trabajadores, aunque tuvo que cerrar a mediados del siglo XX.

Editorial Seix Barral

En 1911 Victorà Seix y sus hermanos Lluís y Carles creron Industrias Gráficas Seix y Barral Hermanos, que se consolidó en 1929 al producir los catálogos y carteles de la Exposición Internacional de Barcelona. Su expansión se manifestó en su traslado a una nueva sed, construida entre 1930 y 1931 en la calle Provença 217-223. El edificio, proyectado por Jaume Mestres i Fossa, era un ejemplo de arquitectura racionalista, pese a sus rasgos novecentistas, aunque fue derribado en la década de los 70 para levantar un bloque de pisos.

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Interior del patio de taller de la antigua imprenta Seix Barral.

Antes de la Guerra Civil, la empresa se animó con la edición de publicaciones escolares, con el sello de Seix Barral,aunque sería a partir de los 50 cuando se convertiría en referencia de la literatura en lengua española. En 1955 inició la colección Biblioteca Breve y en 1958 convocó el Premio Biblioteca Breve de novela en lengua castellana, que dejó de convocarse en 1972 hasta 1999. En 1982, Seix Barral se incorporó a Grupo Planeta. Actualmente su sede se encuentra den Avenida Diagonal, 662-664.

El mismo año que nace Seix i Barral, nacieron los talleres de fotograbado de la Unión de Fotograbadores. La empresa se instaló inicialmente en una gran nave de la calle Calàbria 107-111, en un edificio de art déco proyectado por el arquitecto Eduard Ferrer i Puig –actualmente acoge un garaje–, para trasladarse posteriormente a la calle Casanova.

Un comentario en “Barcelona, ciudad editorial

  1. Hola, estoy preparando mi tesis doctoral sobre la arquitectura de las artes gráficas, es decir, la arquitectura que había tras las imprentas, editoriales y periódicos, y buscando cosas por Barcelona he caído en tu blog. Me ha parecido de extraordinaria claridad y precisión. Te felicito por el esfuerzo y te animo a seguir por ahí.

    Armando.

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