Un bufón en la catedral

No es ninguna sorpresa descubrir la larga lista de personalidades enterradas entre los muros de la catedral de Barcelona. Sí lo es, sin embargo, que entre las tumbas de reyes, obispos y ricos comerciantes se encuentre también la de un personaje peculiar como Mosén Borra.

Su sepulcro no pasa desapercibido. De hecho, ya era de interés turístico y cultural para los visitantes de la Barcelona del siglo XIX, pues se describe en la Guía-Cicerone de Barcelona (1847) de Antoni Bofarull, y en Viaje literario a las Iglesias de España, tomo XVII (1851), de Jaime Villanueva.

Un bufón en la catedral
Estanque de las ocas, en el claustro de la Catedral.

Está situado en el claustro, con vistas al estanque que custodian las 13 ocas blancas -una por cada uno de los años y de las torturas que soportó Santa Eulalia, que murió sin renunciar a la fe cristiana-, justo a la derecha de la puerta de entrada a la capilla dedicada a otra santa, Santa Lucía. Se trata de una pequeña tumba osario -por cierto, vacía- con una lápida de bronce que representa a un bufón vestido con un lujoso traje y un cinturón terminado en cascabeles, velado por una virgen con el Niño en los brazos. A sus pies, dormido, yace un perro, símbolo de fidelidad y lealtad. Y una inscripción en latín rodea el sepulcro: Hic jacet Dominus Borra miles gloriosus. Facta fuit sepultura ista anno domini MCCCCXXXIII (Aquí yace el señor Borra, soldado glorioso. Esta sepultura fue realizada el año del Señor de 1433). Sin duda, fue un hombre previsor para los asuntos de su muerte, pues no falleció hasta 1446, posiblemente en Castel-Nuovo, a la entrada de Nápoles.

El soldado fanfarrón

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Plauto.

La traducción exacta de la inscripción latina “miles gloriosus” sería “soldado glorioso o valeroso”. Pero ese es también el título de una de las obras más conocidas del dramaturgo latino Plauto (Sársina, Romaña, 254 a. C. – Roma, 184 a. C.), traducida como El soldado fanfarrón. De ahí que la expresión latina adquiriera desde entonces un sentido irónico, que tal vez habría que aplicar en la traducción de la lápida de nuestro Mosén Borra.

“¡Ah! Entonces, ¿ese señor es Mosén Borra?”, exclama uno sorprendido al descubrir la identidad del propietario de tan curioso sepulcro. Y, acto seguido, después de hacer la foto de rigor, surge la pregunta: ¿Y por qué un mosén acepta quedar retratado en esta vida vestido de esa guisa, una vez ha partido al más allá? Pues muy sencillo, porque su título no tenía nada que ver con la carrera clerical, sino que le vino dado como trato de respeto.

Mosén es trato de distinción

Actualmente, la palabra mosén va inevitablemente unida a la imagen de un hábito masculino. Ya solo se aplica a los sacerdotes y eclesiásticos, pero es un tratamiento de origen medieval que se utilizaba en la Corona de Aragón y estaba resevado a los caballeros (precedido a menudo del título de Magnífico), a los ciudadanos honrados (precedido a menudo del título de Honorable o de Discreto). Posteriormente se permitió su aplicación a otras personas destacadas de la sociedad, excepto a los médicos y a los abogados, que recibían el tratamiento de Misser. A partir del siglo XVI, y esporádicamente, también se otorgaba este tratamiento de distinción a mercaderes y otras personas de clase media.

¿Quién era entonces Mosén Borda? Su verdadero nombre era Antoni Tallander. De origen francés, nació en Barcelona hacia 1358 y fue bufón en la corte del rey Martín I de Sicilia, el Humano, en la de Fernando I de Antequera y su hijo, Alfonso V de Aragón, el Magnánimo.

Sí, ni más ni menos que un bufón encargado de amenizar las fiestas del rey y de hacer reír a la gente con sus ocurrencias. Pero no un bufón cualquiera, sino un maestro de bufones: “En 1414 el rey Fernando I (Fernando de Antequera) le denomina maestro de los albardanes, y con este sinónimo de truhán y de bufón consta en los documentos”, explica Manuel de Bofarull y de Sartorio en Tres cartas apócrifas e inéditas (1893). Además de maestro de albardanes, también fue poseedor del título de maestro de los ministriles de boca del Rey Nuestro Señor, algo así como un profesor de música (los ministriles de boca eran músicos que tocaban un  instrumento de viento).

Un bufón en la catedral
Ausiàs March.

En realidad, este popular personaje fue mucho más que un showman organizador de eventos palaciegos en la época. Fue considerado en su época un hombre culto, un gramático y un escritor de cierto nivel que tenía contacto con los grandes intelectuales del momento. De él decían en sus escritos algunos de sus contemporáneos:

“Buen gramático, varón sutilísimo en todo linaje de chistes y agudezas para burlar la vanidad y orgullo de los que ostentan sabiduría más por amor a la lisonja que a la filosofía y a la virtud; de modo que, al paso que cuentan hechos y ocurrencias alegres y sobremanera chistosas, le prodigan el dictado de docto.”

Su estreno como escritor fue tardío, pero hizo sus pinitos: en 1438 escribió un libro de sentencias sobre cada uno de los estamentos de la república, Summa de col·lacions o de justaments. Y su fama era tan grande que incluso el gran poeta medieval Ausiàs March le dedicó un poema en el que hacía alusión a su cercana muerte, (Oh quant és foll):

“O quant es foll qui tem lo forçat cas / é contra aquell remey es demanant / é qui poder se troba mòlt bastant / é no ‘l coneix pensant lo havér escás. / Vos sòu aquell amprant contra la mort / puix es forçat que en mólt breu temps morréu / noc menysprear son poder bè podéu / é no temènt morir sòu d’ ell estort”.

Tal vez su ingenio y su cultura contribuyeron a hacer brillar a tamaño bufón como diplomático. Así, en 1413 ayudó al rey Fernando I con enormes préstamos y le apoyó durante el ataque de Balaguer, contra el conde de Urgell, legitimo aspirante al trono. El rey le confió misiones diplomáticas difíciles: el 1416 le envió al concilio de Constanza.

Diplomacia de altos vuelos

Un bufón en la catedral
El concilio de Constanza, pintura al óleo realizada por Václav Brožík en el siglo XIX.

Una bula papal de febrero de 1418, agradecía a Mossèn Borra sus excelentes servicios prestados. ¿En qué consistieron esos servicios? Fue la gestión diplomática más importante de Tallader y sucedió en 1417-1418. Comisionado por su rey, viajó a Alemania acompañado de escuderos, sirvientes y músicos (trompeteros y ministriles) para participar en el Concilio de Constanza. Su misión consistía en llevar instrucciones secretas del soberano y de paso espiar a Segismundo de Luxemburgo, emperador del sacro imperio románico germánico. Eran tiempos de grave crisis para la Iglesia, pues reinaban tres papas: Juan XXIII, Gregorio XII y Benet XIII. Allí tuvo lugar un cónclave que declaró antipapas a los dos primeros y se suspendió a divinis al tercero (el papa Luna). Y se eligió como único y legítimo papa a Martín V, que reinó hasta 1431.

A cambio de sus productivos y profesionales servicios, recibió para él y para sus hijos cuantiosos beneficios. Sí, Mossèn Borra fue un personaje muy influyente -tuvo como valedor al obispo de Girona y al arzobispo de Tarragona, Dalmau de Mur-, estaba montado en el dólar, tanto que muchas personas relevantes, incluidos reyes, le pidieron préstamos. Él mismo contaba con varias propiedades en Barcelona. Una de ellas en la calle de Xuclà -vía que debe su nombre a que el distinguido juglar tuvo en ella su domicilio particular- y otra, en la calle de Elisabets, conocida en 1444 como la calle de la Torre de Mosén Borda.

Cortesano, diplomático, espía, juglar -según Manuel de Bofarull, simplemente “un truhán de los más listos”-… muchas cosas para un cuerpo tan pequeño como el suyo, pues según consta en documentos de la época, era enano. Y, según las malas lenguas, un gran aficionado al vino, un borrachín. Una merecida fama, esta última, que le confirió un divertido Privilegio otorgado por el rey Alfonso el Magnánimo en Castel-Nuovo de Nápoles, en 1446 y que le permitió beber todo tipo de vinos, en consideración a su avanzada edad, “por no tener dientes ni muelas”, y por los servicios prestados. Un texto mencionado en el Libro de las grandezas y cosas memorables de la antiquísima, insigne y famosa ciudad de Tarragona (1572), de Lluís Pons de Icart y que dos siglos más tarde se tradujo en castellano como “Anécdota del día”, en el Diario de Barcelona del 31 de diciembre de 1792. El original fue escrito en latín, y su posterior traducción al castellano mantuvo el tono jocoso. Se trata de un extenso texto escrito que rezuma ironía en cada línea. Reproduzco aquí los cuatro primeros párrafos:

Un bufón en la catedral
Una página de la copia de la carta conservada en la Universitat de Barcelona, en el manuscrito ‘Cosas varias y notables sucedidas en estos nuestros tiempos’ (1626. Fray Gaspar Vicens).

“D. Alonso, por la gracia de Dios, Rey de Aragón y de Sicilia por una y otra parte del Faro, de Valencia, de Jerusalén, de Hungría, de Mayorcas, de Cerdeña, de Córcega, Conde de Barcelona, Duque de Athenas y Neopatria, y también Conde de Rosellón y Cerdaña. Por cuanto vuestra virtud de vos el magnífico, noble y amado nuestro Mossen Borra Caballero, y la jocosa sabiduría que tanto agrada a los Príncipes, Pueblos y hombres, como que es la delicia del género humano, pide que nuestra Magestad, de quien sois tan estimado, provea de modo que vuestra salud, esto es, la alegría de los hombres se conserve cuanto sea posible; y principalmente habiendo prometido bajo juramento a la ciudad de Barcelona que ni aquí ni en el camino moriríais, sí que regresaríais a ella vivo, queriendo Dios;

Y aunque es verdad que la vida del hombre se sostiene con la comida y bebida, viendo que os halláis privado casi del todo del auxilio de la primera de estas cosas, porque os faltan los dientes de suerte que apenas podéis comer, y habéis vuelto a la niñez en que se carece de ellos, hemos juzgado con afecto maternal, que como niño debéis ser mantenido con bebida solamente.

Así pues, no pudiendo alimentaros de otra leche, es preciso uséis del vino, que siendo bueno, se llama leche de viejos, a causa de que les alarga mucho la vida. En esta atención por el tenor de las presentes concedemos licencia y plena facultad a vos el dicho noble Mossen Borra, en esta nuestra carta, para que por todo el tiempo que viváis podáis libre y seguramente, y sin incurrir en pena alguna, beber y echar tragos, una, muchas, muchísimas y repetidas veces, y aun más de lo que conviene, de día y de noche, en cualquier lugar y a todas horas en que os diere la gana y fuere de vuestro gusto, aunque no tengáis sed, de toda especie de vinos.

Ya sea vino dulce Griego y latino, Malvasía, Tirotónica, Montanasí, Bonacía, Guarnatsía, vino especial de Calabria, y de Santo Nocheto, Resas, Marnano, Noseja, Afasitea, Moscatel, del Fanello de Terracina, del Pilo, Falso amico amabile, Manjacentobono, vino de Eli, y de Fiano, Moscato de Clayrana, y de Madramaña, vino de Madrigal, de Coca, de Yepes, de Ocaña, de S. Martín de Val de Iglesias, de Toro, de las Lomas de Madrid, y también de Cariñena; o ya sea lo que se llama Clareya y Procás, y otras cualesquiera especies de vinos, con tal que no sea agrio ni mezclado con agua, sino puro y de aquellos que tienen por excelentes nuestros Aforadores, y cuyos nombres os son ya bien conocidos”.

Una vida para una leyenda

Un bufón en la catedral
Portada del libro ‘Les cent millors llegendes populars’, de Joan Amades (1953).

Nadie puede negar que Tarandell tuvo una intensa y longeva vida que Josep Maria Carandell, en su Guía secreta de Barcelona (Editorial Al-Borak, 1974. Página 160) resume así:“De origen francés, se casó en Catalunya, entró en palacio, hizo de actor y, gracias a su increíble y malévolo ingenio, obtuvo el favor del rey, amasando una buena fortuna con la que luego ayudó al rey en apuros, compró casas, hizo de embajador real, contribuyó a la construcción de la catedral de Barcelona y al morir fue enterrado en esta, donde está su sepulcro, pero no sus huesos”. Un personaje como Mosén Borra en nuestro siglo, sería digno de un exitoso biopic, un protagonista de un best-seller o carne de cañón para la trama de una serie de Netflix o Movistar. En aquella época, él y sus circunstancias dieron origen, como no podía ser de otra manera, a una magnífica leyenda. Así la recogía Joan Amades en Les cent millors llegendes populars (1953)

El rey y el juglar

El rey Alfonso el Magnánimo tenía un famos juglar llamado Mosén Borrra, el cual, según la tradición, no era un juglar, sino el rey, y a quien todos tenían por rey era el juglar. Los papeles estaban cambiados.

Cuando el rey era un recién nacido, el viejo juglar de sus padres también tenía un hijo de la misma edad que el reyecito. Un día su mujer fue a placio y llevaba a su pequeño en brazos. El juglar tuvo una idea: cambiar los niños, dejar el suyo en la cuna del rey, después de haberlo vestido con las ropas de éste, y llevarse el reyecito a casa como si fuese el suyo. De esta manera, el despreciado juglar disfrutaría de los honores, la fama y la buena vida de todo un rey, mientras el erdadero rey pasaría desconocido y oscuro como un juglar”.

 

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